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martes, 7 de febrero de 2012

La tela blanca

La visión le dejó impresionada. Treinta y pico años largos de un cuerpo bien esculpido y bello rostro, bellísimo, de mirada insolente. Un torso y unos brazos salpicados de tatuajes contribuían a darle un atractivo aire canalla.
Tan solo unos centímetros de tela blanca inmaculada tapaban un sexo que se adivinaba… potente. Imposible imaginar que su secreto mejor guardado desmereciera de la perfección absoluta de su físico. Ella imaginaba la tersura y la dureza. Soñó sus manos acariciándole, sintió sus pechos rozándole, provocando el despertar de la pequeña bestia dormida.
“Arrancaría la tela a dentelladas”, pensó. Pero esperó a que el secreto se asomara, a que la tela no bastara para cubrir el miembro henchido. La demora fue breve. El tesoro, enhiesto, no defraudó. En escasos segundos estuvo preparado para recibir la calidez de otro cuerpo, su cuerpo.
El sonido estridente del metro que llegaba le despertó de su ensoñación. Con las mejillas arreboladas, notó las miradas masculinas sobre ella. Miradas que soñaban con el calor de su cuerpo y la dulzura de su boca. Imposible que adivinaran que, por unos instantes y delante de sus lascivos ojos, ella había sido plena y felizmente de otro.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Me llamo Alexandra

Desde bien pequeña he tenido que soportar el maltrato de mi bello nombre prácticamente día tras día. Muchos de los que me lean (que son pocos en realidad) se preguntarán que de qué demonios estoy hablando. Muy fácil: yo me llamo Alexandra y no Alejandra. Con este asunto he pasado fundamentalmente por dos estados en mi vida, alternando un comprensible y manifiesto enojo (cuando era niña o muy joven siempre me quejaba y así lo expresaba al mal hablado o al mal escrito) con una pasividad absoluta. En los últimos años, mi aparente indiferencia no era más que una burda emulación de la Marquesa de Merteuil, una mujer de ficción que como forma de aguantar lo inaguantable se clavaba un tenedor por debajo de la mesa mientras una sonrisa se dibujaba en su cara. 
Personas que decís 'j' por 'x', desde aquí os comunico que esto sólo es válido para tres nombres: México, Oaxaca y Texas.  Todos ellos territorios mexicanos, o ex mexicanos. Y esto es la excepción que confirma la regla y la regla es que en español la 'x' se pronuncia [ks]. También hay gente que pronuncia [s], como tasi o másimo pero esto se da, en general, en personas incultas por lo que hay que evitarlo. Donde sí se puede aceptar la pronunciación de la 'x' como [s] es en palabras que comienzan por esta letra como es el caso de xilofón.

Aclaro esto porque después de tantos años oyendo a muchos llamarme Alejandra, una de las conclusiones a la que he llegado es que así lo dicen pensando precisamente en México, pero lo que se hace con la palabra México no es extrapolable a Alexandra, ¡por dios! Pero si el motivo es este, no deja de ser curioso que ningún mexicano de todos los que he conocido en mi vida me hayan llamado jamás Alejandra, sino Alexandra, como realmente es. Y aprovecho para añadir que todos los latinoamericanos que he conocido me llaman Alexandra, sin titubeos, sin equívocos, pronunciando claramente la 'x' como debe ser.

Mención aparte merecen los que me llaman Alejandra por escrito, después de haber leído repetidas veces mi nombre. ¿O acaso no saben leer? Yo es que ya no sé qué pensar.