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martes, 5 de junio de 2012

Festival del pescado azul. Solo en Paradís Madrid.

Para una persona que no se reconoce demasiado amiga del pescado, es un tanto raro dedicarle un post a unas jornadas que buscan darle la mayor visibilidad posible. Pero, ¿qué hacer si una cae rendida a sus pies? ¡Si, literalmente! Porque los platos que han preparado estos días en Paradís Madrid con pescado azul, bien vale la pena probar. Tuve ocasión de degustar un 'bonito en taboulé yodado con dashi de encurtidos', un 'arroz con boquerones y sanfaina', una 'caballa en suquet de hierbas frescas mediterráneas' y un 'atún rojo de almadraba a la plancha con notas cítricas'. Para refrescar, entre tanto pescado azul, pude tomar un 'platillo de verduras de primavera' en punto y sabor espectacular.
Yo que no soy muy arrocera, de los platos de pescado me quedo (ay, pensaréis que estoy medio loca) con el 'arroz con boquerones y sanfaina'. Sencillamente delicioso.
¿Qué se le va a hacer si soy pura contradicción?
Si os entusiasma el pescado azul, ¿a qué esperáis para ir? Si no os gusta, ¿a qué esperáis para ir? Prometo que estos platos sí os van a entusiasmar. ¡Solo hasta el 15 de junio!


martes, 14 de febrero de 2012

Mi abuela

©Mar Sumasi
Hace poco, un famoso cocinero me hablaba acerca de los planes que tenía de recuperar los sabores de antaño. No tanto con el producto, que eso escapa a sus competencias más allá de la elección que de este pueda hacer, sino con el modo de elaborar los platos. Esta conversación, irremediablemente, me trajo a la memoria a mi querida abuela. No sé si el cocinero lo notó, quizás sí,  pero a mí, en escasos segundos, se me llenaron los ojos de lágrimas. Un cambio brusco en la conversación –introducido por mi parte- me evitó males mayores, o por lo menos la angustiante situación de verme débil y expuesta ante la mirada ajena.
Mi abuela Rosa, de origen gallego, pasó la mayor parte de su vida en la llamada Suiza de América –por lo menos en muchos de los años en los que ella allí residió- por lo que vio enriquecida su vena culinaria no solo por las enseñanzas gastronómicas familiares, también por un entorno de procedencia italiana que imprimió cierto carácter mediterráneo a su cocina.
Mi abuela, cuando tenía tiempo y ganas, fabricaba la pasta. Nada de comprar paquetes de pasta al huevo de sémola dura; ni corta ni perezosa, desde bien temprano, se dedicaba algunos domingos a preparar el relleno (mi preferido fue siempre de espinacas), a amasar la harina, a extenderla y rellenarla, y a cortar los cuadraditos destinados a convertirse en ravioli. Pero lo que mejor le salía era el tuco (una salsa similar al ragú con la diferencia que en la primera la carne se cocina entera, de una pieza, y no se deja deshilachar), con un sabor fuerte, intenso, contundente.
¿Qué decir de los canelones? Muy distintos de los italianos o catalanes (aunque el origen es de nuestro vecino mediterráneo, en Catalunya son típicos debido al intercambio comercial que hubo durante siglos con el sur de Italia), los canelones de mi abuela (y de muchas abuelas del Cono Sur) se elaboran con filloas, se rellenan con verdura (espinacas o acelgas) o maíz, se cubren con delicioso tuco, se espolvorean con queso rallado, y se gratinan en el horno. ¡Qué maravilla de mestizaje! Desgranando orígenes, se mezclan, por lo menos, tres países e innumerables regiones. El día que mi abuela hacía canelones era una fiesta, un festín gastronómico.
Siendo más joven, cada vez que visitaba Madrid, mucho antes de establecerme aquí, no paraba de oír hablar de los huevos de Lucio. Hasta que un día, unos generosos amigos en una de mis visitas relámpago me invitaron a probarlos. ¡Qué increíble decepción! No pude más que pensar en un plato sencillo que hacía mi abuela, por entonces aún en este mundo,  de similares características pero con dos ingredientes añadidos que le daban un diez al plato: pimiento rojo y tomate en rodajas. Claro que el plato no admitía comparación: la fritura de las patatas de mi abuela, doradas por fuera  y blanditas por dentro, con aceite sin quemar, elevaba el plato por encima de cualquier otro que admitiera alguna similitud. Huelga decir que, en mi siguiente visita a mi abuela, le pedí que me hiciera el plato, que pensándolo bien, no tenía ningún nombre.
Exagerando un poco, gracias a mi abuela no caí víctima de escorbuto (mi madre, su hija, huía de la verdura fresca como si de un alien se tratara y evitaba dar a sus hijos tamaña aberración). Mi querida abuela preservó mi gusto natural por las verduras, incentivándolo si cabe.
Los últimos veintisiete años de su vida, mi abuela los pasó en Barcelona. Allí pronto adoptó como suyos algunos platos de la cocina catalana como la escalibada. Parece una tontería, pero ninguna escalibada, un plato fácil a base de hortalizas asadas, me sabe como la que ella hacía. No sé, le encontraría el punto justo de cocción a las verduras.
La recuperación de los sabores de la que me hablaba el cocinero es una idea atractiva, claro, pero a mí me parece imposible, quizás solo pueden lograrse ciertas remembranzas. Los sabores de mi abuela, mal que me pese, los dejé ya atrás, aunque por suerte, no en la infancia, su cocina me acompañó muchos años más. ¡Cómo me gustaría volver a sentir en la boca, en las papilas gustativas, el gusto de sus platos! Pero por más que intentara cocinar como ella (y no oso hacerlo), su sabor siempre sería diferente. Incluso sus estropicios –que los hacía- , seguro que soy incapaz de emularlos. 

Este escrito fue publicado en el número 1 de En Crudo,  cuyo numero 2 ya circula por ahí...

martes, 17 de enero de 2012

Comer y beber en Madrid (bien) por poco dinero

Si alguno de vosotros está al tanto de mi (últimamente) larga cadencia entre post y post del blog, pensará que no hago otra cosa que lo que digo en el título del presente post. Alguna cosa más hago como, por ejemplo, escribir para ganarme la vida, impartir clases con el mismo fin, y alguna que otra actividad en el plano personal.
Anchoas doble cero
Hoy os quiero hablar de un restaurante auténticamente BBB. Bueno, quizás la segunda b no sea muy veraz, pero la primera y la tercera la cumple con creces. Originariamente, Casa Santoña era una empresa familiar dedicada a la preparación de conservas y semiconservas artesanales, con especial mimo a la anchoa. En la actualidad, su entonces principal actividad, se ha visto ampliada con la gestión de seis establecimientos hosteleros. En Madrid capital, tienen dos restaurantes; los cuatro restantes están distribuidos por la sierra madrileña.
Según dicen en Casa Santoña, “tienen las mejores anchoas del mundo”. Según digo yo, no sé si las mejores, pero no creo que haya muchas que les hagan sombra. La anchoa doble cero de Casa Santoña está elaborada con aceite de oliva virgen a partir de una materia prima pescada en el Cantábrico. Las anchoas de esta casa no tienen ni rastro de espinas, y su carne es suave y carnosa, con el punto exacto de salinidad. Un auténtico manjar que viene acompañado de un precio contenido. La ración de la doble cero cuesta 9 euros, un precio irrisorio para un producto de altísima calidad.
Un estupendo
vino de Madrid
En mí última visita tomamos -¡cómo no!- la riquísima ración de anchoas, una ración de gamba blanca a la plancha –producto de muy buena calidad- a un módico precio de 18 euros, unos espárragos para que el vegetal no faltara (6 ó 7 euros), y un corte de Villagodio de unos 300gr a 14 euros que estaba exquisito. Todo el ágape regado con un madrileño Treinta mil maravedíes. El total de la cuenta rondó los sesenta euros entre dos, y os aseguro que nos pusimos las botas. ¡Comimos de excepción! Casa Santoña es absolutamente recomendable.





Salón de Mamá Framboise
La guinda a tan maravillosa comida la puso Mama Framboise, confiterie al más puro estilo parisino de la que ya he hablado en este blog. Un milhojas de crema, una tarta individual de tiramisú (¡espectacular!), un té, un café y un croissant para llevar 9,75 euros. ¿Alguien da más? Eso sí, hay que ir con tiempo pues no suele haber mesa disponible nada más llegar. ¿Qué se le va a hacer? La calidad se hace esperar.

Amplia variedad de tartas gourmet en la deliciosa confiterie
La semana próxima voy a Madrid Fusión con los pies en la tierra. Con el regusto de este festín gastronómico basado en el producto puro y duro, y en la técnica. A ver qué encuentro por allí, pero prometo contar.
Por cierto, en Madrid Fusión estará como ponente Alejandro Montes, el pastelero propietario, junto a otro socio, de Mama Framboise.



miércoles, 25 de mayo de 2011

Look ochentero; gastronomía súper actual


Maravilloso Madrid al fondo, con el chef Víctor Carracedo en The Penthouse

Llevaba tiempo ya con ganas de ir a Midnight Rose. Mi imaginación me había transportado a un lugar de tonos rosa palo, con una hostess recibiéndote con un burjujeante champagne o cava rosé, aunque lo que me he encontrado es una sala diáfana, de estilo de principios de los ochenta, con un hilo de música lounge y luz noctámbula a pleno día. Sorpresa visual aparte, la gastronomía ha roto por entero mi preconcepción del lugar. Y no porque esperara que Víctor Carracedo, el chef de Midnight Rose, lo fuera a hacer mal; lo que no esperaba es que cocinara tan genialmente bien. La culpa, quizás, de mis prejuicios (entendiendo la palabra como su acepción real, esto es, "acción y efecto de prejuzgar") fuera la comunicación del lugar. Fácil de entender, no obstante. El concepto ocio y restauración no es del Me Madrid (cadena Melíà), donde se aloja el restaurante, sino del grupo Gerber (marido de Cindy Crawford) y la comunicación siempre se ha enfocado más al life style y a la gente guapa que al buen comer. Pero ello no quita que, en Midnight Rose, no sólo se come bien sino que se come fenomenal.
Como describir demasiado a veces sobra, os dejo los platos que Víctor ha tenido a bien servirnos (y ¡qué bien!):
Risotto de boletus y parmesano al aceite de trufa

Como aperitivo he tomado una copa de Moët Chandon (aunque no era rosé). Enseguida ha llegado el pan, artesano, entre ellos de centeno, blanco de esponjosa miga, de tomate, de semillas de amapola e integral, aderezado (si uno quiere, claro, y nosotros queríamos) con un picual de intenso color verde de Toledo (posteriormente me enteré que Víctor pasó en la ciudad manchega dos años de su vida). Después, empezando ya el menú propiamente dicho, mi chico y yo hemos tomado un delicioso tartar de atún exquisitamente marinado y un salmorejo con sorbete de pepino, bizcocho de aceite y jamón de bellota sencillamente espectacular siendo ambos platos armonizados con un Marqués de Irún Verdejo 100% (aquí hubiera continuado yo con el espumoso), para después pasar a unos espárragos de Navarra (ahora que están en plena temporada) acompañados por una salsa de trufa blanca que les iba a la perfección, maridado este plato con un Sauvignon blanc chileno de la avispada bodega Torres, al igual que unas originales albóndigas de sepia en salsa suave de tinta. Los platos más contundentes que han venido a redondear tan excelso menú han sido un risotto con boletus y parmesano al aceite de trufa (perfectamente en su punto el arroz y maravillosos los aromas a tierra) y una hamburguesa de kobe que, aunque deliciosa, ha sido lo más corriente de la comida. El vino que acompañaba los últimos platos, un Ribera del Duero ligerito que pasaba agradablemente por la garganta en un día tan caluroso como hoy, ha sido también un feliz acierto de Víctor Carracedo que también ha querido responsabilizarse del maridaje. 
Como colofón a una comida que nos ha revolucionado las papilas gustativas ha llegado una almohada de coco con frambuesa y helado de fruta de la pasión que nos ha dado una dulce digestión. Con la infusión (ni mi chico ni yo tomamos café), unas mini manzanas asadas y unas trufas algo más clásicas.

Dulces post menú

Después, la visita a The Penthouse, a pesar de lo pronto de la hora, ha sido obligada y con Víctor hemos podido disfrutar de una de las vistas más privilegiadas de Madrid. Las dos pequeñas terrazas que hacen la labor de reservados han quedado en la retina para visitar en una futura, y no muy lejana, ocasión nocturna.

Luis, con su recién estrenada camiseta del Corto Maltés by U, y yo




lunes, 10 de enero de 2011

De arte en en arte: de la fotografía a la gastronomía.

Foto: Douglas Fairbanks Jr and Joan Crawford. Autor: Nickolas Muray (1929)
No es habitual recomendar lugares que, por su itinerancia, ya se han desmontado y no van a poderse visitar, pero me gustaron tanto las exposiciones ya clausuradas de 100 años de Vanity Fair y del fotógrafo Mario Testino en el Thyssen que no puedo evitar hacer mención.
El pásado sábado quedé con mi amiga Marta para, en este orden, desayunar, visitar  in extremis la exposición de fotografías de Vanity Fair en la galería / librería Ivory Press (propiedad de la conocida ex sexóloga y actual esposa del súper arquitecto Norman Foster, Elena Ochoa) y 'Todo o nada', la muestra de fotos del peruano Testino, para acabar tomando un aperitivo, cómo no, ya que era fin de semana. De la primera parte del plan, poco hay que decir: croissant y café con leche en Mallorca, un lugar en el que la nueva ley anti tabaco no se ha dejado notar. De la segunda, remarcar la gran oportunidad que supone ver en un mismo recinto el trabajo de fotógrafos del prestigio de Helmut Newton, Bruce Weber, Man Ray, Annie Leibovitz (maravillosa también su exposición en Madrid el pasado año), Norman Jean Roy, Lord Snowdon, o Mario Testino, protagonista tras la cámara de nuestra siguiente parada. La exposición de Vanity Fair hace un recorrido por los cien años de historia de la cabecera mediante fotografías que han sido publicadas en las páginas de la genial revista norteamericana donde protagonizar una imagen no es baladí. Aparecer fotografiado en Vanity Fair ha sido desde sus inicios sinónimo de triunfo y glamour. Desde unos enamorados Douglas Fairbanks Jr y Joan Crawford, pasando por un Reagan ya con estragos en su cerebro disfrutando de la vida con su esposa Nancy o una Nicole Kidman al desnudo, hasta el director Almodóvar con una Penélope de melodrama, el paseo por Ivory Press te descubre memorables momentos que han quedado retratados para siempre. La muestra finalizó el mismo sábado con una galería abarrotada, al igual que todos los días que permaneció abierta al público la exposición.
De 'Todo o nada', ¿qué decir? La exposición de Testino es arte en sí misma con las mejores puestas en escena en cada imagen que se puedan imaginar. Las retratadas son muchas y variadas -en este caso, el protagonismo de la mujer es absoluto- a pesar de, como ha expresado el propio Testino en varias ocasiones, darse a conocer en sus inicios como un buen fotógrafo de hombres. Frente a una maravillosa foto de la polémica Kate Moss, mi amiga Marta, que trabaja en el sector cosmético (lo que me recuerda que la exposición estaba patrocinada por Lancôme), me comentó los odios e iras que arrancaba en depende qué personas la modelo inglesa. Marta, empleada de una de las grandes multinacionales del sector, ha presenciado en vivo y en directo estas inquinas furibundas de rancias señoras que se creen con derecho a juzgar lo que hace todo el mundo pero pocos, como Kate Moss, no se toman la molestia en ocultar. Curiosamente, al volver a casa leí una entrevista a Testino en el diario El Mundo del pasado mes de septiembre, con motivo de la inauguración de la exposición, donde proclamaba que de todas las mujeres a las que ha fotografiado 'me quedo con Kate Moss. Es una de las personas que más me ha influenciado. Por su belleza, su humor, su curiosidad. Ella es una de las líderes en la individualidad de las personas'. Ahí queda, envidiosas.

Barra de ´D'Fabula
Última parada, restaurante D'Fábula, que ha tenido a bien fichar recientemente a la joven chef Ana Roldán para dar un nuevo aire a una cocina de marcado corte clásico. Recién incorporada, a Ana le ha dado tiempo a introducir una sugerente carta de pintxos en barra (así, con 'tx', no en vano se formó en la prestigiosa escuela donostiarra de Luis Irízar) con los que deleitar el paladar. Formando equipo con Susana Gamez al mando de la sala, en D'Fábula se disfruta de una gastronomía en femenino que ha empezado por la barra en cuanto a creatividad, y que continuará en el restaurante con la nueva carta en restaurante ideada al cien por cien por Ana. Tras varios años como Jefa de Partida de Carne en el conocido restaurante vasco Goizeko Kabi, Ana Roldán ha asumido las riendas de la cocina de D'Fábula hace apenas mes y medio. En este corto tiempo de adaptación ha introducido, como decía, carta de pintxos, aunque en el restaurante ha continuado con los platos de carta ideados por el anterior cocinero. Al fin, en pocos días llegará a los felices paladares de los clientes la nueva carta creada por la joven campeona (en el 2008 ganó el Certamen de Gastronomía de la Comunidad de Madrid). En sala Susana Gámez -que también viene del grupo Goizeko, en este caso de Gaztelupe- es un valor a tener en cuenta en esta nueva etapa en femenino del restaurante D'Fábula. En la barra el sábado nos tomamos un jugoso y tierno buñuelo de migas con crema de uvas, una curiosa ensaladilla rusa frita con crema de piquillos, un original espetón de gambas al ajillo, una aromática y deliciosa patata rellena de boletus con huevo escalfado, y como colofón, una tarta de queso líquida que, como diríamos en Catalunya, per llepar-se el dits. Regado todo con cava, así pasamos la mañana del sábado.

lunes, 15 de marzo de 2010

Quintana 30: un buen restaurante abre en Madrid

Miguel A. Muñano dio muy bien de comer a los clientes del grupo vasco Goizeko Gaztelupe durante los cinco años que fue su jefe de cocina. Ahora, y tras dejar atrás esa etapa, Miguel Muñano emprende el vuelo y abre, junto a su socio Jesús Montes, un empresario todoterreno y por encima de todo, un completo gourmand, el restaurante Quintana 30, una apuesta personal por la cocina de producto de temporada con una base culinaria vasca. Miguel nació en Madrid y desde muy joven descubrió que su vocación profesional pasaba por los fogones. Su aprendizaje no fue en ninguna escuela, pero desde bien joven aprendió el oficio en las cocinas de reputados restaurantes. Y tuvo la suerte de topar con genios como Subijana, Arzak o Berasategui que le instruyeron en la auténtica cocina de Euskadi. En Quintana 30, Muñano quiere aplicar las enseñanzas de los maestros y toda su experiencia adquirida después de más de tres lustros.
En Quintana 30 encontramos una cocina elaborada a partir de excelente producto y no exenta, en muchos casos, de cierto grado de creatividad. Una carta extensa permite escoger con libertad y abarcar los distintos gustos de los comensales. La carta de vinos, aunque por ahora algo corta, es digna de mención: con presencia, como no, de vinos de Rueda, Rioja y Ribera del Duero, las denominaciones de origen más solicitadas por los madrileños, también destaca una cuidada selección de otras denominaciones nacionales no exentas de interés, además de algunas referencias de cavas y champagnes. Además disponen de carta de espirituosos con varias marcas premium de ron, whisky, vodka y ginebra. El establecimiento está situado en un espacio diáfano, con una decoración moderna pero sencilla. Quintana 30 dispone, asimismo, de un reservado con capacidad para 8 personas. Para quien guste descubrir distintos platos, en Quintana 30 se pueden escoger distintos menús degustación de 35 €, 40 €, 45 €, 55 € y 65 €, todos ellos maridados con vinos acordes a los platos.

Restaurante Quintana 30
C/ Quntana 30, Madrid
91 542 65 20